La sostenibilidad de nuestro planeta depende de tu cesta de la compra

en septiembre 4 | en Espacio invitado | de | con Comentarios desactivados en La sostenibilidad de nuestro planeta depende de tu cesta de la compra

Por Carlos Avilés, aficionado a la agroecología y aprendiz de hortelano.

El gasto en alimentación y bebidas en España superó, según el Ministerio de Agricultura, los 99.000 millones de euros en el año 2015. Dos tercios de este gasto corresponden al consumo en los hogares. Cerca del 60% de las compras se realizan en supermercados, un 16% en pequeños comercios (aunque venden un 37% de las frutas y hortalizas, un 27% del pescado y un 25% de la carne que consumimos) y casi un 14% en hipermercados.

Sólo la producción agraria en España supuso en 2015 más de 43 mil millones de euros, generando casi 1 millón de puestos de trabajo. Por su parte, la industria de la alimentación y bebidas acumulaba en ese mismo año cerca de 470 mil empleos, con una producción cercana a los 95 mil millones de euros.
Por distribución del gasto, en lo que más gastamos es en carne (22​%), seguido de frutas y hortalizas (17%), pescados (13%) y de leche y derivados (12%).

Las exportaciones agroalimentarias españolas alcanzaron en ese año un valor de más de 44 mil millones de euros (casi un 18% del total de las exportaciones nacionales) mientras que las importaciones ascendieron a más de 34 mil millones de euros. Como es fácil d​e suponer, los cinco líderes de la exportación agroalimentaria española en 2015 fueron: el aceite de oliva, la carne (principalmente de porcino), el vino, y las mandarinas y naranjas.

Por su lado, los cinco productos más importados por España en valor económico fueron: otros aceites vegetales distintos al de oliva, el maíz, las habas de soja, el trigo blando y los camarones (incluye langostinos y gambas).

Estas cifran dan una idea de la gran importancia del sector agropecuario y la alimentación a nivel económico, social y ambiental, y cómo de globalizada está la producción y distribución de alimentos.

Según las encuestas, los españoles elegimos los alimentos y las bebidas que compramos en función de la calidad, seguida de la proximidad y luego por el precio.

¿Qué parámetros tenemos en cuenta para valorar la calidad de nuestra cesta de la compra?

A la hora de comprar tomamos muchas decisiones, aunque no siempre seamos conscientes de ello. En primer lugar elegimos dónde comprar (pequeño comercio, supermercados, on-line…) y luego decidimos qué compramos (legumbres, productos lácteos, conservas, carne, precocinados…). A continuación elegimos la marca (nacional, multinacional, marca blanca), y lo ​hacemos en función de otros muchos criterios, como el precio, la ​composición (según la etiqueta), la publicidad y la innovación, lo procesado que esté el producto (productos precocinados, nivel de conservantes) o el nivel energético (productos light, dietéticos)​.

Poco a poco otros criterios se van introduciendo en nuestras valoraciones: el origen de las materias primas (nacionales, europeas, transoceánicas), criterios ambientales (producto ecológico, de kilómetro 0), sociales (comercio justo, producción en cooperativas, grupos de consumo)​o incluso territoriales (denominaciones de origen, productos tradicionales).

La facturación de miles de millones de euros y más de 1 millón de puestos de trabajo dependen de esas decisiones que normalmente tomamos de forma rutinaria.

Algunas consideraciones:

Más de 1/3 de toda la superficie de la tierra (sin hielo) está dedicada a criar a los animales que nos comemos, esto incluye que 1/3 de los cultivos sirven para alimentar a estos animales que nos dan carne y leche. La ganadería es responsable de más del 15% de los gases de efecto invernadero (más o menos lo mismo que los gases que se generan en el transporte).

​Cada tipo de alimento necesita de más o menos recursos antes de que lleguen a nuestra mesa. Los vegetales necesitan de maquinaria, agroquímicos, agua, transportes, etc. ​Por su parte, cada especie animal utiliza los alimentos de una forma más o menos eficiente para convertirla en carne, leche o huevos. Si para conseguir un kilogramo de pollo necesitamos unos 1,8 Kg de pienso, para conseguir 1 Kg de carne de cerdo necesitaremos 2,8 kg y como mínimo 8,5 kg de pienso si se trata de ternera (cifra que puede aumentar por encima de 12 Kg en caso de carne de buey).

Con el agua pasa algo parecido. Necesitamos unos 3.500 litros de agua para producir 1 kg de huevos y 4 mil litros de agua por cada litro de carne de pollo.​ Esto incluye el agua que bebe el ave, la que se gasta en el proceso de criarla y la que se necesita para regar las plantas que componen su dieta, como cereales, soja, etc.​ 1 kg de queso o de carne de cerdo requieren de unos 5 mil litros de agua para su elaboración o producción, mientras que para la carne de ternera esta cifra asciende a los 1​4 mil litros​de agua.

Proyecto LiveWell para la promoción de hábitos alimentarios saludables

Proyecto LiveWell para la promoción de hábitos alimentarios saludables.

No es de extrañar que cerca del 70% del agua dulce que se consume a nivel global se utiliza en la agricultura (frente al 20% de la industria y el 10% de consumo en municipios) con un gasto per cápita de unos 440​.000 litros de agua para regar por cada persona y cada año.

Según la FAO en 50 años la población se habrá duplicado y será necesario producir el doble de alimentos. ​Pero el problema no es solo a futuro, el problema existe ya, pues a nivel mundial cada año ya estamos consumiendo un 50% más de lo que nuestro planeta produce, por lo que estamos acabando con las reservas de nuestro planeta a un ritmo desenfrenado. En el caso de España, nuestra huella ecológica es de 2,3 ocupando el puesto 40 en el ranking mundial. Si a eso le sumamos el incremento de población, el consumo puede dispararse hasta agotar todos los recursos de nuestro planeta. Todo esto al mismo tiempo que el cambio climático avanza y dificultará la producción de alimentos por sequías, lluvias torrenciales, desertificación o subida del nivel del agua.

huella ecológica per cápita en el mundo

Huella ecológica.

La revolución verde de mediados del siglo XX supuso grandes incrementos en la producción de alimentos gracias a la mecanización de los cultivos mediante maquinaria, la rotación de cultivos, la utilización de agroquímicos (abonos, biocidas, etc.), sistema de riego y mejoras de las semillas. Por ejemplo, la producción de trigo por hectárea se multiplicó por 3,5 (de unas 750 Kg/Ha a más de 2.600).

La aplicación de los avances tecnológicos también ha conseguido aumentar la cantidad de carne disponible, además de mejorar la productividad de muchas especies. Si en 1960 un pollo de 7 semanas pesaba poco más de 1 Kg hoy se llega a los 2,5 Kg​en el mismo tiempo, con el doble de grasa en las pechugas y con un índice de conversión pienso/carne que ha bajado más de un 25%.

Pero nunca es suficiente, la población mundial se ha duplicado desde los años 60 y, además, cada vez consumimos más calorías. La disponibilidad de alimentos ha pasado de 2.200 Kcal por persona y día en 1960 a más de 2.800 hoy (un 27%). Somos más, comemos más… y estamos más gordos. Entre 1980 y 2014 la cantidad de obesos en el mundo se ha duplicado, hay más de 2.000 millones de personas en el mundo con sobrepeso y más de 600 millones de obesos. Esto se debe a muchas causas, por supuesto, como a la vida sedentaria, poco ejercicio y una dieta con demasiadas grasas y azúcares; pero también a un mercado despiadado en el que sale más barato comprar hamburguesas de franquicia que​ pescado fresco y fruta por las fuertes subvenciones que se le dan a productos como el maíz, fuente de almidón y glucosa para todo tipo de productos procesados.​

Todo esto mientras casi 800 millones de personas en el mundo no tienen alimentos para llevar una vida saludable y activa (29 países africanos todavía necesitan asistencia externa para conseguir alimentos y 1 de 4 africanos subsaharianos presenta desnutrición).

​A estas alturas ya deberíamos tener claro que ningún avance técnico o científico, incluido los OGM (organismos genéticamente modificados o “transgénicos”),​conseguirá saciar nuestra voracidad. La agricultura intensiva de precisión podrá ayudar a aumentar la producción de alimentos, pero sin un enfoque agroecológico no será sostenible a medio plazo. Es necesario plantear un nuevo modelo de producción y consumo que consiga generar más cantidad de alimentos sin ocupar ​más tierra ni gastar más agua y energía; que produzca menos contaminación y que sea económicamente y ambientalmente sostenible.

Y también socialmente sostenible. Millones de campesinos proveen a la despensa mundial siendo responsables de más de 60% de la producción de alimentos. Para poder mantener a la población rural mundial es necesario que se paguen precios justos, que se ​dé más oportunidades a las mujeres y que tengan las mismas condiciones que los hombres ​(la FAO dice que si las mujeres agricultoras tuvieran el mismo acceso que los hombres a los recursos, el número de personas con hambre del mundo podría reducirse en 150 millones de personas), que no se utilice mano de obra infantil en la producción y procesado de alimentos, que se garantice la soberanía alimentaria de los países y que se respete y conserve el medio natural.

La deforestación para ganar zonas de cultivos, el acaparamiento de tierras y la extinción de cientos de especies son también consecuencia de los que nos llevamos a la boca.​

Cada vez que compramos elegimos, y cada elección tiene sus consecuencias en las distintas dimensiones que abarca el complejo sistema de la producción y distribución de alimentos. Identificar estas consecuencias nos ayudará a valorar mejor las opciones disponibles.​ Hay decenas de cosas​que podemos hacer:

  • Disminuir el consumo de carne, muy especialmente el de carne roja. Quizá esta sea, de lejos, la mejor medida que podamos tomar para contribuir a mejorar el sistema alimentario mundial. Recordemos que se necesitan como mínimo 8,5 kilos de pienso y 14 mil de agua para obtener cada kilo de ternera, lo que supone que a nivel mundial el 50% de la producción de cereales se la comen los animales para producir carne. En Europa este porcentaje aumenta al 60% por que se come más carne (los europeos comemos de media 8 veces más carne que un africano, y el doble que los asiáticos). En el hemisferio norte sólo un 30% de los cereales se consumen directamente mientras que el sur este porcentaje asciende al 85%. En general se trata de sustituir proteína animal por vegetal, pero sustituir la carne de ternera por la de otros animales y pescados también ayudaría.
  • Aumentar el consumo de alimentos frescos y de temporada, evitando los productos procesados. Recuperar la dieta mediterránea adaptándola a los nuevos tiempos: legumbres, humus, encurtidos como el chucrut, cuscús, musaka, etc. son formas fáciles, originales, baratas y saludables de comer proteína vegetal.
  • Consumir productos ecológicos, de proximidad o, por qué no, cultivar parte de nuestros propios alimentos. El sello de producto ecológico da garantías pero también hay cientos de productores que no utilizan productos químicos y de los que nos podemos abastecer directamente ​a través de grupos de consumo.  Esta puede ser una manera de contribuir a mantener cientos de variedades locales de frutas y hortalizas que han dejado de cultivarse y mejorar la biodiversidad de nuestros campos. Hacer conservas vegetales en temporada es otra forma de comer bien todo el año.
  • No desperdiciar ni tirar comida: en España desperdiciamos 179 kilos de alimento por habitante y año (7,7 mil toneladas a nivel nacional), y ello sin contar los desperdicios durante la producción agrícola ni los descartes de pescado arrojados al mar. En los hogares, el desperdicio alimentario alcanza el 42% del total, en la fase de fabricación el 39%, en la restauración el 14% y en la distribución el 5%. Esto desperdicios suponen más 170 millones de toneladas equivalentes de CO2 al año que se han generado en vano, además de millones de euros y de litros de agua.
  • Comprar en las tiendas del barrio ahorra gastos de transporte, ayuda a mantener el comercio de proximidad y favorece la economía en barrios y pueblos.
  • Evitar los alimentos que vienen envueltos o en bandejas. Es preferible comprar botellas de cristal o de plástico reciclable que tetra brik, pues su composición incluye aluminio y su reciclaje es complejo. Reutilizar envases (cada vez e​s más frecuente poder comprar a granel) y después reciclar todos los envases utilizados. No utilizar menaje de plástico no reutilizable.
  • Evitar productos de fuera de España cuando haya alternativas nacionales. Reducir el consumo de alimentos foráneos que conllevan grandes consumos de combustibles para su transporte (como las frutas tropicales). Es importante leer la procedencia de los alimentos en las etiquetas.
  • Volver a una dieta más natural: Evitar tanto los productos azucarados o los light a base de edulcorantes. Los zumos no deben sustituir a la fruta (los zumos hechos a base de concentrado suelen utilizar concentrado importado). Todas las harinas, mejor integrales. La lactosa y el gluten no son malos para las personas que pueden digerirlos, por el contrario suelen ser productos más caros y más procesados. Los productos ultraprocesados muchas veces proceden de materias primas de baja calidad (las salchichas industriales y el surimi se hacen a partir de restos de despieces con poca calidad nutricional, almidón, azúcar, sal y muchos conservantes y colorantes).
  • Informarse de las políticas de las distintas empresas relativas a aspectos como: cambio climático, calidad del trabajo, igualdad de género, acaparamiento de tierras, etc.​. para incluir estos valores a la hora de decidir. Apenas una docena de empresas acaparan las producción de la mayoría de los alimentos y bebidas que tomamos, grandes multinacionales todas ellas.
10 grandes multinacionales agrupan la mayoría de marcas de alimentación y bebidas.

10 grandes multinacionales agrupan la mayoría de marcas de alimentación y bebidas.

  • Apoyar a cooperativas, colectivos, ONGs y movilizarse para exigir a los políticos un sistema agroalimentario saludable y sostenible para todos. ​Participar y promover actividades que ayuden a conseguirlo.​

Hay muchas más medidas y no se trata de hacer aquí un listado completo, se trata de entender la gran responsabilidad que conlleva comprar, conocer las consecuencias y actuar en función de los valores, prioridades y capacidades de cada uno.

Carlos Avilés, aficionado a la agroecología y aprendiz de hortelano

Carlos Avilés, aficionado a la agroecología y aprendiz de hortelano.

Algunas referencias que pueden ser útiles:
Clasificación “Tras la marca” en 2016

Clasificación “Tras la marca” en 2016

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